sábado, 28 de abril de 2012

Envidia

Sean sinceros, vamos. Ya es hora.

No les molesta “el caso Ciccone” sino que Boudou, que en otro momento podría haber sido uno de los suyos, apoye este ‘modelo nacional y popular’.
No les jode, tampoco, el estilo Moreno: lo que llaman patoterismo les encanta, y multiplicado, siempre y cuando sea usado para sacar a los pobres de los barrios más ostentosos, a los obreros de las fábricas tomadas, a los estudiantes de las avenidas; para imponer el neoliberalismo.
De ninguna manera vamos a creer que se preocupan realmente por el estado de los trenes: de no haber sido por los más de 50 muertos, jamás habrían pedido mejorar el servicio que usan millones de personas y que es una bosta desde hace años. De hecho, ya se olvidaron, como se olvidaron de la seguridad en boliches y recitales al poco tiempo de Cromañón.
Menos, todavía, creeremos que se indignan por la expropiación de YPF: si desconocieron la desinversión y la fuga de capitales de las empresas extranjeras, no intenten mostrar preocupación por cualquier desorden  que pueda ocasionar la estatización de algunas de ellas.
El INDEC, lo sabemos, es una (otra) excusa; también sirven como excusas “el derroche de reservas”, Moyano, las contradicciones del gobierno, las carteras Luis Vuitton, las propiedades en Calafate y “el aprovechamiento” de los Derechos Humanos.
Lo que les jode, asúmanlo, es el país. Les molesta ideológicamente. No les molestan esos modos, en lo más mínimo. A lo sumo les provoca un poco de urticaria creer que desde afuera nos van a ver “mal”, como un país de negros latinos. Y será hora de asumirlo: somos un país de negros, de mayoría (electoralmente hablando) peronista. Somos latinoamericanos. Es eso lo que no les gusta?

Gente trabajadora, hijos, nietos, bistnietos, tataranietos de inmigrantes europeos, inmigrantes sudamericanos y asiáticos, obreros, estudiantes, profesionales, pobres, algo de clase media y unos pocos ricos; eso somos. Somos todo junto. Y estamos acá abajo, qué le vamos a hacer. Y algunos quieren vivir ahí arriba, pero no: estamos acá abajo.

Y les molesta que un gobierno, o tres consecutivos, se ocupe un poquito más de aquellos que estaban postergados, a los que no les llegaban los ojos de la Justicia ni de la política: los que no tenían laburo, los jubilados, las embarazadas, los pobres, los gays, las lesbianas, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y más. Que se acerque a los países que son como nosotros, que hablan nuestra lengua, y no que se dejen pisotear por quienes nos saquearon. Que desenmascare a los medios que trabajaron para o fueron parte involucrada en el saqueo y la represión. Porque desenmascarar todo eso, mostrar todo eso, también es desenmascararnos a todos; a algunos les cuesta aceptarse imperfectos, o distraídos, o ciegos. Tal vez todos, alguna vez, creímos en eso que nos vendían.

No se preocuparon por la Educación mientras una Carpa Blanca se mantenía durante años frente al Congreso menemista (que defendían, aunque ahora lo usen como castigo para comparar al kirchnerismo), ni por la Cultura que Macri desprecia en la Ciudad achicando presupuestos y cerrando centros culturales, ni por los Viejos destratados durante décadas, ni por la Seguridad Jurídica en tiempo de saqueo de empresas y tierras nacionales, ni por los Trabajadores en momentos de reducción salarial, ni por los dólares que se fugaron gracias al 1 a 1, ni por las fábricas cerradas de otra época, ni por los políticos a los que pidieron desalojar con el “que se vayan todos”, ni por la escandalosa corrupción de los 90, ni por el círculo cerrado de amigos que gobernó durante dos años, hasta la implosión de diciembre de 2001, ni por la mayoría opositora que boicoteaba cualquier proyecto de Ley (ahora, esa mayoría oficialista, pareciera ilegal).

No les molesta la crispación. Los enerva la pasión que muchos mostramos por un gobierno que -con errores y contradicciones y postergados y deudas y, seguramente, su dosis de corrupción- incluye bajo su conducción a un porcentaje de argentinos mucho mayor que los anteriores, entonces abocados a las minorías empresarias y a las clases más acomodadas (porque no lo duden: es un tema de clases, también; algunos se sienten superiores, algunos miran desde arriba).

Pero, claro, no pueden ni van a admitir nunca:
-No me importa la escuela pública porque mando a mis hijos a la privada.
-No me interesan los derechos humanos porque no me secuestraron a nadie; algo habrían hecho.
-No me interesan los pobres, habría que esconderlos bien lejos.
-No me interesan los hospitales públicos porque yo tengo una prepaga.
-Si quieren ver fútbol, que lo paguen. Yo lo puedo pagar, el pobre que lo escuche por radio.
-El que no tiene trabajo es porque no quiso estudiar.
-Hay que matarlos a todos.
-Son unos negros de mierda.

(Porque queda feo)

Entonces, hablan de Moreno, de Ciccone (que alguien, uno, explique sin repetir a TN ni ser soplado por Majul de qué se trata el tema), del Indec, de la compra de dólares, del hotel del Calafate y de tantas otras cosas cuando no tienen, ni tenemos, ni puta idea de qué se trata. Y hablan de violencia y de odios y de prepotencia cuando esa violencia y esos odios y esa prepotencia las tienen ellos mismos cuando ven a (otra) gente feliz en la calle, por primera vez en mucho tiempo. No quieren una Argentina para todos; ni siquiera -reconociendo que el “para todos” es demasiado pretencioso- una Argentina para muchos; la quieren para ellos solos. O, al menos, no la quieren para esos negros de mierda, esos montoneros, esos guerrilleros, esos zurditos, esos etcéteras.

No toleran una mirada, una ideología diferente; entonces acusan de prepotente, de populista, de improvisado, de corrupto, de guerrillero, de bipolar, de marxista a un gobierno que piensa distinto.

Tal vez sea bastante más sincero reconocer lo que nos molesta, las cuestiones de fondo.
Cuestionan los dos aumentos por año a los jubilados? Cuestionan que vayan presos los genocidas de los 70? Cuestionan que vuelvan a manos estatales las empresas (clave) vaciadas en las últimas décadas? Cuestionan el control de exportaciones para que los precios no se eleven todavía más? Cuestionan las trabas a las importaciones que privilegian la producción y el trabajo nacional? Cuestionan el incremento en el presupuesto educativo que se vio la última década? Cuestionan que la Argentina quiera manejar sus recursos, los de su tierra, los que le pertenecen? Cuestionan que se reclame por unas Islas que están acá al lado y que ocuparon unos que están allá lejos? Cuestionan la inversión en ciencia y tecnología, la repatriación de científicos extraviados por el mundo? Cuestionan lo que se hizo, realmente? O cuestionan quién lo hizo? O cuestionan lo que somos?

Como no se atreven o no pueden cuestionar lo hecho, como de ninguna manera se pondrán a llorar por no haber nacido en Suiza, y como menos que menos intentarán hacerse un lugar en el exterior porque, en el fondo, saben que la Panacea no existe ni aquí ni allá, apuntan entonces a lo más simple, a lo que aparenta. O se quejan “porque no se hizo antes”. O enfocan en lo que falta. Porque falta mucho, eh, claro. En todas las áreas. Porque se postergó el transporte, porque los precios suben, porque todavía hay gente sin trabajo, porque cuesta resolver el problema de la seguridad, porque falta tanto... Porque durante tres décadas se hizo lo que quisieron los organismos de crédito internacionales y los países "desarrollados", y ahora se hace lo que se quiere y lo que puede. Se intenta recuperar lo que históricamente fue argentino, lo que entregaron, y manejarlo. Como se pueda, sí; no va a ser peor que como lo manejaron hasta acá.

Pero tengámoslo claro: si mañana se resolviera el problema de transporte, si pasado ya no fuera un tema el de la seguridad, ni la desocupación, ni la limitación a la compra de dólares, ni la corrupción, aparecería otro. Y después otro. Y después otro. Y siempre habrá otro, porque no existe la perfección, porque los problemas, las deudas, surgen, se solucionan, se tapan, pero luego habrá una nueva; porque no se puede conformar a todos, porque siempre habrá uno, dos o millones insatisfechos.

Y también porque tenemos -todos, aunque haya quien intente taparlo con globitos- ideología: hay derecha y hay izquierda, hay más acá y más allá, y hay tanta libertad para decir lo que se quiere, lo que se piensa, que ahí van a estar siempre, algunos, criticando, buscando excusas para no reconocer que -en algunos casos- quieren sólo su propio bienestar, o que no tienen ni idea de qué es lo que les molesta, pero les molesta y entonces repiten el discurso más a mano, el más simple de digerir, el menos comprometido. Y como desde muchos medios les dicen que no hay libertad de expresión, repiten que no hay libertad de expresión.

Siempre fue más fácil criticar a un gobierno que aceptarlo y tratar de construir y mejorar lo que se hizo. Tan acostumbrados a criticarlos a todos, cuesta reconocerse, identificarse, sentirse parte, asumir que uno está de acuerdo con los rasgos principales, con la búsqueda, con la idea. Es incómodo, claro, decirse oficialista.

No está mal no sentirlo, claro, nadie puede obligar a otro a querer a alguien, a creer en alguien. El problema, acá, es que los que acusan de prepotente, de avasallante, de dictatorial a este gobierno, no aceptan que otros podamos creer y confiar en este proyecto. Que podamos cuestionar, ser críticos o simplemente apoyarnos en nuestro sentimiento para apoyar una idea. Con prepotencia, acusan de prepotentes; con odio, acusan de odiosos.

Es simple decir que los que fueron a Vélez el viernes, hayan sido 60.000, 100.000 o 140.000, son beneficiarios de planes sociales, vagos, milintantes rentados, empleados públicos o meros receptores de choripanes y vino barato. Comprendo, incluso, de quien viene esa chicana simplista y antipopular. Puedo entender, sin dudas, que haya gente que no crea en este gobierno, que no comparta la ideología, que no soporte a algunas caras, que haya tenido malas experiencias, que elija otros políticos en quien confiar. Lo que no puedo entender es tanto odio. O será envidia, quién sabe, envidia por no poder sentirse parte.



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